Ilusión cocodrilo
Me gusta hacerle preguntas a mis alumnos. No para pillarles o para hacerles sentir mal. Como periodista, soy curiosa, me intriga lo que piensan, lo que ven y lo que leen. Me gusta hasta que me corrijan, quiero que desarrollen la inquietud. Por eso, nada más empezar la clase, me pongo en mitad del aula, con los brazos cruzados y digo: “¡noticia!”. A veces pregunto al azar, otras hay quien levanta la mano. Generalmente cuando les traigo alguna revista. El otro día hablamos de una conocida marca de lujo francesa. Al parecer a sus bolsos de piel de cocodrilo —que ahora no lo son, por la razón que todos sabemos— los llama ilusión cocodrilo. Alguien se quejaba de que estaban al mismo precio que los de antes a pesar de no ser de la misma calidad, ahí la noticia. El debate era si eso tenía sentido. Yo no quiero decir nada en público, porque anhelo tener un bolso de esa firma —el modelo clásico— algún día. Tírenme piedras. Tienen derecho a hacerlo.
En fin. Ese sobrenombre a ese tipo de piel me hizo pensar en todas aquellas cosas que no son lo que parecen. Y se venden a precio de oro. Esas producciones que parecen mucho y luego son todo lo contrario. Un buen ejemplo es la segunda parte de Gladiator. Mi amigo R, en la cena del sábado, decía indignado que cómo era posible que se sintiera orgulloso de ese film Ridley Scott. O como esos atisbos de sol, con los que nos engaña Lorenzo, escoden detrás una tormenta gris más propia de un clima tropical. Esos libros que ves en todas partes —en marquesinas, en programas, en cuentas recomendadas— y luego no merecen esos aplausos. En esas canciones que no dejan de sonar en la radio y son tan vacías, y acaban tan trilladas, que después se olvidan. Eventos que se venden como grandilocuentes y luego no hay nada de fantasía. Platos que parecen más apetitosos de lo que son, o que están bien descritos en el menú y después parece que les faltan ingredientes. Vestidos que sientan mejor en la percha. Novelas que parecen deliciosas y luego son un espejismo. Ojo, no echo balones fuera. Yo a veces me visto de ilusión cocodrilo. Y parezco algo que no soy. Se dice que Robert Louis Stevenson escribió esta frase en un diario: “Tarde o temprano, todos nos sentamos a la mesa de un banquete de consecuencias.”
Creo que no hay peor crítica que esta: “pues no es para tanto”. En bolsos, en películas, en libros, en citas, en personas. Pienso en esos personajes con pinta de galán o de intelectuales, o de bohemios, disfraz de persona llena y profunda. Y después, ilusión cocodrilo, solo hay vacío y superficialidad. Frases manidas y facts aprendidos. Don Quijotes que te hacen creer que los molinos son monstruos. Y luego, sorpresa. Por suerte, siempre tendrás un amigo que se convierta en Sancho Panza. En cenas, charlas y eventos he tirado al suelo muchas máscaras. Cuidado al tropezar. Después de mi clase decidí apropiarme del término ilusión cocodrilo. Al final las lágrimas de cocodrilo son un símbolo de tristeza falsa, ¿no?
La tienda (1772), de Luis Paret. Uno de los cuadros que más he ha gustado de mi paseo por el Lázaro Galdiano.
Para que hables en el próximo Guateque:
El programa: Este fin de semana he disfrutado de un especial que hizo el Hoy por hoy de la Cadena SER sobre Gaudí. La magia de la radio. Grabaron el programa desde La Pedrera.
El museo: Pensaba que no había ido pero sí, pero como si no hubiera estado. Me he quedado fascinada con la majestuosidad del Museo Lázaro Galdiano. El museo por el que más veces he pasado por delante. Editor de revistas, coleccionista de arte, columnista, y encima se casó en Roma. El palacio es una auténtica maravilla y sus jardines son un remanso de paz. Un placer haberle conocido (de nuevo).
El cárdigan: Aprovechando que vuelve a hacer frío en Madrid no dejo de ponerme mi chaqueta de punto de la temporada. Es una maravilla de Parfois, repleto de detalles, que me mandaron desde la marca. Agradecida. A veces un día lo hace más feliz una prenda especial.
Espero que tengáis una buena semana. Me encanta leeros, como siempre. Buen lunes.




Ay Paloma, cuánta razón tienes, la de cosas que parecen lo que no son, y más desde que las redes sociales nos han metido en esta "falsa realidad" en la que todo es ideal pero en realidad es puro "postureo".
Y enlazando con una de tus comparaciones, la relativa al cine, no he visto la nueva versión de "Gladiator", pero yo, como el refrán, siempre he pensado que segundas partes nunca fueron buenas. Menos mal que siempre hay excepciones. Este finde he visto por millonésima vez "West Side Story", la antigua, y la de Spielberg, y hay que ver qué buen trabajo hizo el segundo para crear una peli tan bonita que complementa a la perfección a la clásica.
Un abrazo y feliz lunes a ti también.